Una conmoción no siempre se ve. No siempre deja marcas externas ni aparece en una radiografía, pero se siente. Y mucho.
Puede llegar tras una caída, un golpe jugando deportes, un accidente o incluso un movimiento brusco. En segundos, todo cambia: la cabeza duele, la mente se nubla y el cuerpo pide una pausa.
Una conmoción cerebral es una alteración temporal del funcionamiento del cerebro. No significa debilidad, ni exageración, ni “drama”. Significa que el cerebro —nuestro centro de control— necesita tiempo y cuidado para volver a estar bien.
Escuchar lo que no se ve
Muchas personas con conmoción se sienten confundidas, cansadas, sensibles a la luz o al ruido, más lentas para pensar o emocionalmente diferentes. A veces lo más difícil no es el dolor físico, sino que otros no lo noten:
“Te ves bien”,
“Ya deberías estar mejor”,
“Eso no es nada”.
Pero sí es algo. Y merece atención.
El descanso también es tratamiento
En una sociedad que premia seguir adelante sin parar, una conmoción obliga a lo contrario: detenerse.
Dormir, reducir pantallas, evitar esfuerzos físicos y mentales, y volver poco a poco a la rutina no es rendirse; es sanar.
El cerebro se recupera mejor cuando se le da espacio, paciencia y comprensión.
Acompañar también sana
Si alguien cercano tiene una conmoción:
-
Cree en lo que siente
-
Ten paciencia con sus tiempos
-
Evita presionarlo para “volver a la normalidad” rápido
Y si eres tú quien la vive, recuerda esto: no estás exagerando y no estás solo/a.
Un mensaje importante
Cuidar una conmoción a tiempo puede evitar problemas a largo plazo. Ignorarla puede empeorarlo todo. Pedir ayuda es una forma de valentía.


No hay comentarios:
Publicar un comentario