Imagina que un día notas un pequeño bulto en la palma de tu mano. No duele. No molesta demasiado. Sigues con tu vida.
Con el tiempo, ese bulto se vuelve más firme, aparece una especie de cuerda bajo la piel y, casi sin darte cuenta, uno o dos dedos ya no se estiran por completo.
Eso es lo que muchas personas viven con la Contractura de Dupuytren.
